David Bowie, IVAM, Enero 2017.

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Cuando Rafa me invitó a esta mesa a hablar de David Bowie y el género pensé que sobre este tema se podría realmente escribir un libro y que tenía que concretar muy bien qué quería decir para no pederme. No sabía exactamente como enfocarlo porque tanto el género como su manifestación en la persona de Bowie son temáticas muy complejas que hay que atajar muy bien para, que en un espacio de tiempo tan corto como el que tengo lo que quiero decir quede claro y el mensaje no se pierda. Después de darle muchas vueltas decidí llevar a Bowie y su performatividad del género a mi terreno, a lo que uso normalmente en mi trabajo como modo de expresión; y eso es lo personal y lo autobiográfico.
Una tarde de julio de 1972 la vida de un montón de personas, mayoritariamente niños y adolescentes que sentían que no encajaban , estaba a punto de cambiar. Ese día David Bowie hacía su primera aparición pública como su álter ego “Ziggy Stardust” en el programa de máxima audiencia “Top of the Pops” cantando “Starman”. Ese fogonazo catódico, esa actuación de tres minutos y algunos segundos de elegante puterío, androginia marciana, altivez, colores chillones y guitarras cortantes, escandalizó a una Inglaterra que había despenalizado la homosexualidad solo unos años antes, abriendo al mismo tiempo un brillante camino de baldosas amarillas a esos niños y adolescentes outsiders. La famosa cita de Gil-Scott-Heron “la revolución no será televisada” toma un nuevo significado aquella tarde de 1972, algunas revoluciones si que son televisadas. “Morrissey” habla de las bandas y cantantes Pop en su niñez , la década de los 70, en estos términos “la música sonaba a todo volumen y salvajemente, apuntando siempre hacia la luz, hacia la salida o hacia la entrada, hacia el individualismo y hacia la curiosa pero perturbadora idea de que a lo mejor la vida podía ser vivida como uno desease vivirla”, cuando tu mundo cambia estás cambiando el mundo, esas pequeñas revoluciones son las grandes revoluciones, y a mi juicio las únicas posibles. David Bowie trajo a los hogares del Reino Unido y más tarde a los del resto del mundo, un universo que a él le fascinaba: La subcultura gay americana, la Velvet Underground, el mundo de las trans de la Factory de Andy Warhol, el Berlin de Christopher Isherwood, la luminosa decadencia de los cabarets de la era Weimar y el glamour hechicero de la actriz Marlene Dietrich, el hombre mejor vestido de Hollywood. Marlene Dietrich, esa otra gran revolucionaria del género, la mujer dandy por excelencia y abierta bisexual en el conservador Hollywood dorado, de quien se llegó a decir “que tenía sexo pero no género identificable” fue una grandísima influencia para Bowie a quien rinde tributo en la portada del Hunky Dory, y de quien podríamos decir que se “traviste” en el personaje de The Thin White Duke; Bowie es a mi juicio a la música lo que Marlene fue a la historia del cine, incluso la invisibilidad pública en sus últimos años tiene claros referentes a la desaparación premeditada de Marlene en los medios de comunicación en el crepúsculo de su vida. Decía que Bowie se apropió de todo eso que le fascinaba y lo pasó por el filtro de su propia personalidad creando varias “personas” , desde “Ziggy Stardust” a su última encarnación como “siniestra estrella negra “vaticinando su propia muerte; metiendo de paso a través del mainstream en la cultura popular un mundo hasta entonces oculto y subterraneo. Cierto es que antes de Bowie estuvo Elvis agitando la mirada heteronormativa a golpe de cadera o Marc Bolan con sus boas de plumas y su maquillaje, pero eran heterosexuales y eso en cierto modo los ataba a la norma, tranquilizaba la mirada del público “se maquillan y se mueven como zorras, pero bueno, son nosotros, no el otro”. Bowie si era el “otro”, se declaró homosexual en ese mismo año de 1972 y da igual si lo era o no, haciéndolo trajo lo LGTBIQ a la palestra de manera espectacular y efectiva, ayudando así de paso a salir del armario a un montón de lesbianas, gays, bisexuales, personas trans y heterosexuales con maneras disidentes de entender la sexualidad. Y aquí vuelvo al género y a su capacidad desestabilizadora cuando crea zonas grises, imágenes en las que no es sencillo catalogar a alguien de manera clara como hombre o mujer. David Bowie no tenía género, era el máximo exponente de la célebre cita de Rupaul “nacemos desnudos y el resto es disfraz”, todo en él era un ir de lo masculino a lo femenino sin ser ni una cosa ni otra, era el dandismo decadente del fin de siglo: un rebelde que se vestía no para gustar sino para escandalizar, para desligarse de los demás y no para pertenecer, para brillar como un perro de diamantes. Volviendo a esa primera actuación en Top of the pops, esos tres minutos de televisión cambiaron la vida y trajeron luz a la existencia de un montón de gente que luego crearon grupos Punks, post-punk o nuevos románticos como Sid Vicious de Sex Pistols, como Siouxsie Sioux de Siouxsie and the Banshees, como todo los blitz kids: desde Steve Strange de Visage a Marilyn pasando por Boy George de Culture Club, Annie Lenox de Eurythmics o Pete Burns de Dead or Alive (en realidad esa influencia llega hasta nuestros días, qué sería de Lady GaGa sin Bowie?, cómo hubiese sido el Brit Pop sin un Jarvis Cocker de Pulp o un Brett Anderson de Suede, clarísimos herederos de la pluma aristocrática del hombre de las estrellas?). Todos estos personajes rompieron en su mayoría las barreras del género, no sólo a través de su aspecto sino también no amoldándose a lo que se supone que puedes o no puedes hacer según seas un hombre o una mujer, las chicas se maquillaron como rameras, eran fuertes y crearon grupos que distaban mucho de la figura dulce y “femenina” de las girl bands de los sesenta y los chicos también se maquillaron como rameras y se atrevían a hablar en público de su homosexualidad o bisexualidad, dejando de lado las poses de macho, apostando por una nueva masculinidad amanerada y afilada como una navaja.
Y aquí entra lo personal. Una tarde de 1983 yo tuve mi propia revelación televisiva. Sentada con mi madre viendo el programa “La tarde” aparecieron los ojos ultramaquillados de Boy George en pantalla con una voz en off que decía “no son los ojos de una mujer, son los ojos de un hombre”, como esa pequeña niña transexual que era en aquella España gris ( que salvando las distancias, era muy parecida a la Inglaterra también gris de los suburbios de los años 70) ver a Boy George por primera vez me supuso un mazazo en la cabeza que me la abrió en dos para descubrime ese mundo de luz e individualidad al que se refería Morrissey, el género “ser un hombre o una mujer” era otra cosa distinta a lo que me rodeaba y en ese momento y de manera inconsciente supe que si podía ser la niña que era en realidad y no el niño que todos decían que era. Boy George es uno de “los hijos de la noche” que nacieron a raíz de Bowie y su Ziggy Stardust, y a través de él descubrí a Bowie y a través de Bowie descubrí que te puedes maquillar como una puta de babilonia mientras bailas al ritmo de la música, o bien puedes vestirte de manera sobria como el duque blanco, que puedes atraer las miradas engalanándote o quitarte todas las máscaras y pasar desapercibida, que puedes ser tú, que debes de ser tú y que ese ser tú tiene tantas maneras de ser como esa gama de grises que Bowie uso con diabólica elegancia desde lo masculino a lo femenino, obviando esos blancos y negros absolutos que se supone son el género.. Que podía ser la mujer que soy pero que no tenía porque ser tonta, que podía ser inteligente, que no tenía que estar en este mundo mundo para complacer la mirada masculina, sólo para complacer la mía propia, que podía rebelarme, que podía ser “rara” y serlo con estilo. La influencia enorme de Bowie en la cultura de lo Queer, el feminismo y las teorías del género tiene un poder primario, atávico, casi primitivo. Ese poder descansa mayoritariamente en su imagen difundida de forma masiva en la cultura popular, y las imágenes han sido siempre elementos transformadores, un espejo en el que mirarte, un vínculo inconsciente a algo que te da, a algo que te permite y te deja ser. La imagen de Bowie está desde luego más cercana a la de las diosas paganas que a lo de los santos católicos, porque no nos condena, nos salva, nos susurra al oido que podemos ser héroes. Los freaks nunca hubiéramos estado tan orgullosos y orgullosas de serlo sin alguien como Bowie. Gracias David Bowie.

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